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    Julia, un destino de mujer...

     
     
      
       Pero Augusto no era un conquistador. Llegaba al término de una larga evolución, cuya herencia había recogido, y si había obtenido el poder no era por la violencia de la guerra.  Llevaba en él una fuerza trascendente que su padre adoptivo, César, había sido el primero en captar: el misterioso destino de los Julios, que una tradición viva a través de los siglos hacía remontar a la diosa Venus. César había sido asesinado, es cierto, pero también se había convertido en dios. El carisma de su raza había sido transmitido a su hijo, lo cual le confería una indiscutible legitimidad.  A su vez el sucesor de Augusto no podía ser más que un miembro de esta misma gens Julia. Lo cual no significaba que debiera ser  el hijo por sangre del emperador, podía ser adoptado o un familiar cercano, su sobrino, por ejemplo, o su yerno. 
      En la más antigua tradición de Roma se encuentra más de un ejemplo de la transmisión del poder a través de las mujeres. Eneas se había casado con Lavinia, hija del rey latino, y esta boda lo había convertido en rey de los aborígenes. Más tarde, cuando fue necesario designar un sucesor para el rey Tulio Hostilio, el pueblo eligió a Anco Marcio, nieto por parte de madre del rey Numa. Y todavía más tarde, el rey Servio fue llevado al poder gracias a las mujeres. El propio Augusto estaba unido a César por parte de su madre Atia, que era sobrina de éste. Augusto no tenía hijos, pero sí una hija... Julia. El hombre que se casara con ella podía acceder sin ningún obstáculo al poder en virtud de los precedentes que hemos enumerado. Por otra parte, Octavia, la hermana de Augusto, podía desempeñar en la sucesión el papel que había tenido Atia, madre de Augusto. Octavia, en otro tiempo dada en matrimonio a Antonio, en virtud de los acuerdos de Brindisi concluídos en el año 40 a.C. para restablecer la concordia entre los triunviros, había tenido de su primer matrimonio con Cayo Claudio Marcelo, además de dos hijas, un hijo, Mario Claudio Marcelo, que resultaba así ser el sobrino del Príncipe.  Este Marcelo, a quien se ha descrito como un joven brillante y autoritario, había figurado a la derecha del futuro Augusto en ocasión del triunfo del año 29.
      Augusto tenía, en aquel momento, dos maneras de prever su sucesión: atribuirla o prometerla al futuro esposo de Julia, su yerno o a su sobrino Marcelo, el joven hijo de Octavia. La solución evidente consistía en hacer de Marcelo el esposo de Julia, lo cual evitaría riñas y conflictos. La boda tuvo lugar en el año 25 a.C. 
      Dos años más tarde, en el mes de Septiembre del año 23 a.C., cuando Augusto, enfermo, preveía su muerte, Marcelo murió súbitamente. En tal circunstancia, Augusto debió modificar sus proyectos. Decidió que Julia se casara con Agripa, lo cual probablemente tuvo lugar hacia el año 22. Si moría, la continuidad del poder estaría asegurada por su yerno con el consentimiento del Senado, del cual Augusto no dudaba.
      El matrimonio de Julia y Agripa fue fecundo. En el año 20 nació un hijo, al que se llamó Cayo César; en el 17 nació otro, que recibió el nombre de Lucio. La sucesión estaba así asegurada por línea directa.  Los dos hermanos fueron presentados muy pronto para consagrar las más elevadas funciones. Pero Lucio murió en el año 2 d.C. y Cayo en el 4. El problema de la sucesión quedaba de nuevo abierto.  Agripa había muerto en el año 12 a.C. Un año más tarde, Augusto había dado a Julia un nuevo esposo, Tiberio, hijo mayor de Livio. Tiberio tenía entonces treinta y dos años. Se había revelado como un excelente jefe de guerra, que desempeñaba al lado del príncipe un papel análogo al que había tenido Agripa. Reprimió, en particular, sublevaciones que se habían producido en la región del Danubio y en Dalmacia. Después se anexionó la Panonia -actual Hungría- y realizó así un proyecto ideado por Augusto desde antes de Actium, que consistía en asegurar la unión entre las dos mitades del Imperio, las provincias de lengua latina y las de lengua griega. Con ocasión de estas victorias el Senado deseó conceder a Tiberio el honor del triunfo, pero Augusto no consintió más que en darle los "ornamentos triunfales", es decir, el derecho a enarbolar las insignias atribuídas a los triunfadores y no el triunfo mismo. En ese momento Tiberio, yerno del emperador, no aparecía como su sucesor designado, sino como su lugarteniente y tutor de los hijos que Julia había tenido con Agripa: No convenía por ello atribuírle demasiado valor.
      El matrimonio de Tiberio y Julia se mostró desde pronto muy frágil.  El hijo que nació en el primer año de su unión murió poco tiempo después de su venida al mundo, y muy pronto los esposos dejaron de tener intimidad, sin que se llegara al divorcio, lo cual habría sido imposible dada la significación política de ese matrimonio. Sobre esta base, Augusto envió a Tiberio al frente de Germania, y una vez más, Julia retomó la vida desordenada que la había caracterizado en el pasado. No disimulaba su desprecio por Tiberio, a quien consideraba falto de nobleza e indigno de ella. Cuando volvió del frente del Danubio, Tiberio comprendió que cualquier intento de vida en común con Julia se había convertido en un imposible; de este modo, sin hacer caso de los ruegos de su madre y de las imprecaciones de Augusto, Tiberio abandónó Roma en el año 6 a.C. y partió hacia Oriente, como había hecho en otro tiempo Agripa en la época en que Marcelo, sobrino y yerno de Augusto, disfrutaba del primer puesto al lado del Príncipe. 
      Tiberio se instaló en Rodas, en una casa modesta, donde vivió como simple particular, frecuentando los gimnasios y las escuelas, escuchando a los gramáticos y a los sofistas. Se quedó ocho años en la isla. No estaba oficialmente exiliado, pero si quería volver a Roma tenía que obtener el permiso del Príncipe y el consentimiento de Cayo, hijo de Agripa y de Julia, que todavía vivía y era considerado el heredero de Augusto.
      Fue durante su estancia en Rodas cuando Tiberio se enteró de la catástrofe que acaeció a Julia en el año 2 a.C.: Augusto había enviado súbitamente a su hija al exilio, a la pequeña isla de Pandataria para castigarla, decía, por sus desórdenes. Al mismo tiempo había disuelto su matrimonio. Tiberio, leal hacia su esposa, se apresuró a escribir a Augusto pidiéndole que se reconciliara con ella y le devolviera la libertad. Augusto rechazó la propuesta.
      Es más que verosímil que el verdadero motivo de esta severidad no fuera la indignación de un padre por razones morales, sino la de un príncipe que había descubierto las pruebas de un complot organizado por Julia para asesinarlo y dar el poder a un amante. Julia permaneció durante cinco años en la isla. Al cabo de ese tiempo, Augusto la autorizó a vivir en Reggio di Calabria, pero en condiciones precarias. Estaba excluída de la Gens Julia, y el Príncipe prohibió que cuando muriera fuera inhumada en el mausoleo dinástico del Campo de Marte. Tiberio, tras su advenimiento al trono en el año 14 d.C., no dulcificó el castigo:  Julia murió en el exilio, en Regio, de miseria y de hambre, en el año 17 d.C. Tiberio estaba entonces en el tercer año de su reinado. Hacía tiempo que Cayo y Lucio, los dos hijos mayores de Julia y Agripa, habían muerto.  En su tercer hijo, Agripa Póstumo, se concentraron por un momento las expectativas de poder continuar la dinastía...
     
     Pierre Grimal, El Imperio Romano
     

    Cerezas

     
     
     
     
      Asomaron tímidas y ¡carísima$!. Con el correr de las semanas... simplemente estallaron: en fruterías, supermercados y en los puestos callejeros. ¿Precio?: nada mal, unos U$S 2 el kilo.
      Casi negras de tan borravino intenso el color, carnosas, firmes y perfumadas.
    ¡Lucen tan elegantes!  ... maravillosas para comer solitas, recién lavadas. O acompañando quesos en el postre. ¿Con yogurt fatto in casa?. O con crema batida o agria, en una versión algo más "chancha".
      Es sencillo confitarlas y tenemos "la" fruta para el pan dulce. Pienso también en una Selva Negra rebosante de cerezas frescas maceradas en un buen licorcete...
    Y la "idem" del postre: ¡Helados caseros!. Topísimos para las Fiestas y muy glamorosos para disfrutar en mi colchoneta inflable, flotando entre la nada de los 40º -de la calle- y el frescor de mi Pelopincho, las plantas, el patio en sombras.
     
     
    P.D: ¡¡Abundan los arándanos también, buenos para dulces, jarabes y tartas!!. Envidien las bondades de la Viena Calchaquí nomás...
     
     








    Extraído del Petibonia Times

     
     
    Informan nuestros corresponsales de lejanas provincias:
     
     
    Diciembre... ¿con nieve?
     
     
    La Viena Calchaquí se caracteriza, entre otras notas, por lo intenso del calor durante la mayor parte del año.  Soportamos (Pelopincho mediante, antigua y noble institución petibonense) temperaturas de más de 40º... hasta que, como hace pocos días, caen intensas lluvias.
    Ayer nos sorprendió el cielo despejado de la primera mañana: hacia el oeste brillaban las cumbres nevadas contra el cielo azul.
    Fue designio de los dioses que este humilde corresponsal viajara a los cerros en estos mismos días: brillantes lenguas de nieve me saludaron, algo desafiantes con su pequeño milagro de Navidad.
     
    Yo digo que es Diciembre...
     
    El sol brilló perfecto, un hermoso día sin viento. Grupos algo inquietos de nubes espesas y blancas se reunieron por la tarde, aquí y allá; nada de eso apagó el canto de los pájaros en la plaza del pueblo.
    Los ríos bajan caudalosos: son las lluvias y allá lejos, las nieves que se funden.
     
    Entre vuelta y trámite... ¡me comí todo!: mis sopas instantáneas, tecitos y hasta unos crocantes de arroz que "tuve" que terminar mientras leía "El Imperio Romano", del gran Pierre Grimal (¿Quién puede escapar al influjo de la tragedia de Julia, sorprendida por Augusto, su padre y divino César de Roma, mientras tejía conspiraciones para asesinarlo?).
    Parece que el aire de los cerros despierta el apetito...